El dominicano es un pueblo de fe. Unos seis millones se consideran católicos, y el resto del pastel de la fe se divide entre evangélicos o protestantes, cerca de un millón; 230 mil adventistas, 100 mil mormones, 28 mil testigos de Jehová y otros cultos minoritarios. En lo que todos coinciden es en que llegan a la fe buscando lo que el mundo de la razón no logra darles
fuente: Virginia Rodríguez G. - 7/29/2007
SANTO DOMINGO.- “No sé describir ese sentimiento… comprendí quién soy, a dónde voy, quién me creó, por qué el mundo está así… fue como que lo vi todo claro. Esa noche cambié todas mis metas, todos mis propósitos, y a partir del día siguiente yo era otra persona”.
George Muñoz, que se hizo cristiano a los diecisiete años, sabe lo que significa convertirse a una religión. Para él, como para la mayoría, hay un punto clave en el proceso: una experiencia mística en la que se comulga con la divinidad.
Un estado de exaltación espiritual que trasciende los planteamientos doctrinales y en el que cualquier disquisición lógica resulta insignificante. La “verdad”, en ese momento, se alcanza con el corazón y con el espíritu, no con la mente.
Ese punto de inflexión en su vida espiritual George lo vivió hace tres años. Ahora pertenece al millón de evangélicos o protestantes, aproximadamente, que profesan su fe en la República Dominicana.
Este grupo cristiano que reniega de la autoridad católica y en el que se incluyen múltiples iglesias (episcopales, metodistas, bautistas, pentecostales y otras variantes), viene creciendo con fuerza en las últimas décadas y no es el único.
Adventistas del Séptimo Día, Testigos de Jehová, Mormones e incluso religiones no cristianas como el Islamismo, el Budismo o el Hare Krishna, una derivación del Hinduismo, están acrecentando su número de adeptos. El mapa religioso del país comienza a alterarse.
Hace cinco décadas George hubiese tenido que soportar el rechazo de hacerse evangélico en una sociedad en que prácticamente toda la población era católica. Hoy, aunque la Iglesia del Vaticano mantiene privilegios y gran parte de la influencia social y política de antaño, existe tolerancia y apertura a otras creencias.
A la muerte del Papa Juan Pablo II hubo quienes vaticinaron que su sucesor sería un latinoamericano, no sólo porque ésta es la región donde se concentran la mitad de los mil millones de católicos del mundo, sino además porque es la más “amenazada” por el incesante incremento de iglesias minoritarias. El argumento no parece haber convencido a la cúpula de cardenales, pero sí motivó al nuevo Pontífice, el alemán Joseph Ratzinger, a visitar la región a los dos años de ser electo.
En mayo pasado Benedicto XVI viajó a Brasil, el país con el mayor número de católicos en el mundo (100 millones), y manifestó su preocupación por las cifras de la realidad: hace 50 años el 90 por ciento de la población de América Latina era Católica, hoy lo es el 70 por ciento aproximadamente.
El tema se discutió en la Quinta Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM), cuyo mensaje final llama a la Iglesia a “ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados y de los que poco o nada conocen a Jesucristo”. Después de décadas de crecimiento de los grupos evangélicos, que acaparan hoy un 20 por ciento de la población latinoamericana, la Iglesia Católica se ha declarado en estado de “Misión Permanente”.
La mayoría de los que se convierten a nuevas religiones, sin embargo, no son propiamente católicos, sino personas que no profesaban ninguna fe en particular y que, por cultura o por tradición familiar, se consideraban católicos, explica el sociólogo Celedonio Jiménez.
Esto lo reconoce la propia Iglesia. “Tal vez a los católicos nos ha faltado más identidad. Hay que ser católico, no por cultura, sino por convicción”, expresa el sacerdote del Episcopado Dominicano, Lorenzo Vargas. Desde su punto de vista, más preocupante que el crecimiento de otros grupos religiosos es el de las personas que no pertenecen a ninguna religión, y que alcanzan entre el 22% y el 25% de la población dominicana.
Las vibraciones de la guitarra eléctrica inundan la sala. Las letras de la canción se van proyectando en una pared. En medio de la penumbra, los muchachos y muchachas se mueven al ritmo de la batería y cantan con entusiasmo. Algunos aplauden. Otros tienden las palmas de las manos hacia el cielo. Los ojos cerrados. El ceño fruncido. Están alabando a Dios.
Atrás quedó el formalismo y la rigidez doctrinal de la misa católica para quienes asisten al Círculo Juvenil, una congregación cristiana que se reúne los domingos en lo que antes fue una casa. En los cultos evangélicos, que dicen imitar los de los primeros cristianos veinte siglos atrás, no hay reglas muy firmes.
Los protagonistas no son necesariamente los pastores: puede haber predicadores invitados o testimonios de los participantes, y se insta a todos a llevar sus biblias para leerlas juntos. La música juega un papel esencial en la exaltación de los ánimos.
Estas ceremonias participativas y emotivas son uno de los atractivos de las nuevas iglesias cristianas. Al menos así parecen indicar los resultados de la investigación hecha por el Centro Pew Hispanics con los latinoamericanos residentes en Estados Unidos.
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