Comentario de EGW (Leccion 3)


Lecciones de Escuela Sabática

Enero-Marzo 2008

Comentario de EGW

Lección 3

Para el 19 Enero 2008

Jesús nos llama al discipulado

Sábado 12 de enero

A Mateo en su riqueza, y a Andrés y Pedro en su pobreza, llegó la misma prueba, y cada uno hizo la misma consagración. En el momento del éxito, cuando las redes estaban llenas de peces y eran más fuertes los impulsos de la vida antigua, Jesús pidió a los discípulos, a orillas del mar, que lo dejasen todo para dedicarse a la obra del evangelio. Así también es probada cada alma para ver si el deseo de los bienes temporales prima sobre el de la comunión con Cristo.

Los buenos principios son siempre exigentes. Nadie puede tener éxito en el servicio de Dios a menos que todo su corazón esté en la obra, y tenga todas las cosas por pérdida frente a la excelencia del conocimiento de Cristo. Nadie que haga reserva alguna puede ser discípulo de Cristo, y mucho menos puede ser su colaborador. Cuando los hombres aprecien la gran salvación, se verá en su vida el sacrificio propio que se vio en la de Cristo. Se regocijarán en seguirle adondequiera que los guíe (El Deseado de todas las gentes, p. 239).

Cuando Cristo llamó a sus discípulos para que le siguieran, no les ofreció lisonjeras perspectivas para esta vida. No les prometió ganancias ni honores mundanos, ni tampoco demandaron ellos paga alguna por sus servicios. A Mateo, sentado en la receptoría de impuestos, le dijo: “Sígueme. Y dejadas todas las cosas, levantándose, le siguió” (S. Lucas 5:27, 28). Mateo, antes de prestar servicio alguno, no pensó en exigir paga igual a la que cobrara en su profesión. Sin vacilar ni hacer una sola pregunta, siguió a Jesús. Le bastaba saber que estaría con el Salvador, oiría sus palabras y estaría unido con él en su obra (El ministerio de curación, pp. 380, 381).

Domingo 13 de enero
Los primeros llamamientos

Cuando Juan el Bautista señaló a Jesús, diciendo: “He aquí el Cordero de Dios”, los discípulos que lo escucharon decidieron seguir a Jesús. Al ver Jesús que lo seguían, preguntó: “¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿donde moras? Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús” (Juan 1:38-40). Después de escuchar las declaraciones que procedían de los labios de Jesús, declaraciones que iluminaron sus mentes, el corazón de estos discípulos rebosaba de fe y seguridad de que en verdad él era el Mesías. Y aunque deseaban seguir escuchando sus maravillosas palabras, no se sentaron junto a él en feliz contemplación. Lo que deseaban era compartir con otros el conocimiento que habían recibido. Andrés salió a buscar con quién compartir esa maravillosa historia que parecía demasiado extraordinaria para ser verdad. Al primero que encontró fue a su hermano Simón a quien le dijo: “Hemos hallado al Mesías…y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro)”.

El día siguiente Jesús encontró a Felipe y le dijo: “Sígueme”. Su contacto con Cristo lo convenció de que en verdad era el Mesías, y ya no podía guardar las alegres nuevas para sí mismo, ni gozar solo el privilegio de seguirle. Sabía que su compañero, Natanael, había estudiado las profecías; habían orado juntos con fervor pidiendo entender las Escrituras. Pero, ¿dónde estaba Natanael? Estaba orando a Dios debajo de una higuera. Felipe lo encontró porque a menudo habían orado juntos en ese lugar apartado que estaba escondido detrás del follaje. Tan pronto como encontró a su amigo, le dijo: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret”. Pero Natanael había escuchado que Nazaret era un lugar impío, y eso despertó sus prejuicios. “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?”, dijo. Felipe no entró en controversia; simplemente le dijo: “Ven y ve”. Así llego la verdad a Natanael. Después de dialogar con Cristo, inmediatamente expresó su fe firme y completa en él (The Ellen G. White 1888 Materials, pp. 1460, 1461).

Natanael oyó a Juan cuando señaló al Salvador y dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (S. Juan 1:29). Natanael miró a Jesús, pero quedó chasqueado por la apariencia del Redentor del mundo. Aquel que llevaba las marcas del trabajo arduo y de la pobreza, ¿podría ser el Mesías? Jesús era obrero. Había trabajado con humildes operarios. Y Natanael se fue. Pero no se formó decididamente su opinión en cuanto a lo que era el carácter de Jesús. Se arrodilló debajo de una higuera para preguntar a Dios si ciertamente ese hombre era el Mesías. Mientras estaba allí, vino Felipe y dijo: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús el hijo de José de Nazaret”. Pero la palabra “Nazaret” otra vez despertó su incredulidad y dijo: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” Estaba lleno de prejuicios, pero Felipe no procuró combatir sus prejuicios. Dejo sencillamente: “Ven y ve”…

¿No sería bueno que nosotros fuéramos debajo de la higuera para suplicarle a Dios en cuanto a lo que es la verdad? ¿No estaría sobre nosotros el ojo de Dios como estuvo sobre Natanael? Natanael creyó en el Señor y exclamó: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel”

Su incredulidad desapareció, y una fe firme, fuerte y permanente tomó posesión de su alma. Jesús alabó la fe íntegra de Natanael.

Hay muchos que se encuentran en las mismas condiciones que Natanael. Tienen prejuicios e incredulidad porque nunca han entrado en contacto con las verdades especiales para estos últimos días o con el pueblo que las tiene, y será suficiente que asistan a una reunión llena del Espíritu de Cristo para deponer su incredulidad. No importa lo que tengamos que enfrentar, oposición, esfuerzos para alejar las almas de la verdad de origen celestial, debemos dar publicidad a nuestra fe, para que almas sinceras puedan ver, oír y convencerse por sí mismas. Nuestra obra es decir, como hizo Felipe: “Ven y ve”. No tenemos doctrinas que queramos ocultar (Conflicto y valor, p. 281).

Lunes 14 de enero
El primer llamamiento en Mateo y Marcos

“Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombre. Ellos entonces, dejando al instante las redes le siguieron. Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron” (Mateo 4:18-22).

La inmediata obediencia de estos hombres, sin hacer preguntas, sin consultar por el salario, parece extraordinaria; pero las palabras de Cristo eran una invitación que significaba todo para ellos. En sus breves palabras había un poder que los impelía a seguirlo. Cristo haría de estos humildes pescadores el medio para separar a los hombres del servicio a Satanás y colocarlos al servicio de Dios. Llegarían a ser sus testigos para dar al mundo la verdad divina sin estar mezclada con las tradiciones y sofisterías humanas. Al trabajar y caminar con él, al practicar sus virtudes, quedarían calificados para ser pescadores de hombres y preparados para asumir el rango de primeros ministros de su reino. Sin embargo, no los envió a las escuelas mundanas para obtener las ventajas de una educación considerada superior. Ni siquiera les pidió que fueran a las sinagogas rabínicas para aprender sus tradiciones y costumbres, porque para llegar a ser sus evangelistas no necesitaban primero llegar a ser maestros de las tradiciones judaicas. “Venid en pos de mí -les dijo- y os haré pescadores de hombres” (Signs of the Times, 19 de julio, 1905).

Un cristiano fiel producirá mucho fruto, porque será un obrero enérgico y un soldado que se pondrá toda la armadura para pelear las batallas del Señor. Su primera obra será conformar los gustos, el apetito, las pasiones, los motivos y deseos, a la gran norma moral de justicia, porque el trabajo debe comenzar en el corazón. Éste debe llegar a ser puro, plenamente dedicado a hacer la voluntad de Cristo, no sea que alguna pasión, algún hábito o defecto, llegue a ser un poder destructor. Lo que Dios requiere es un corazón no dividido (Christian Education, p. 51; parcialmente en, Consejos para los maestros, p. 490).

Nuestro Redentor pide mucho más de lo que le damos. El yo interpone su deseo de ser el primero; pero el Señor pide todo el corazón, todos los afectos. Él no quiere ocupar el segundo lugar. ¿Y no debe Cristo recibir nuestra primera y más alta consideración? ¿No debe él exigir esta muestra de nuestro respeto y lealtad? Estas cosas forman la base de la vida de nuestro corazón, en el círculo familiar y en la iglesia. Si el corazón, el alma, la fuerza, la vida están entregados completamente a Dios, si nuestros afectos se consagran enteramente a él, le daremos el lugar supremo en todo nuestro servicio. Cuando estamos en armonía con Dios, el pensamiento de su honor y gloria prevalece sobre todo lo demás. A ninguna persona damos la preferencia antes que a él en nuestro donativos y ofrendas. Tenemos un sentimiento de lo que significa estar asociados con Cristo en la sagrada empresa (Obreros evangélicos, p. 449).

Martes 15 de enero
El llamamiento en Lucas

Pedro, extraordinariamente sorprendido por el resultado inesperado de su acto de simple obediencia, exclamó impulsivamente: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador”. Pero Jesús calmó a sus conmocionados discípulos diciéndoles que ahora debían llegar a ser pescadores de hombres. Era un momento solemne: debían abandonar su único medio de obtener recursos y dedicar sus vidas y sus esfuerzos a salvar a los pecadores que perecían. Sin embargo, antes de ser llamados a dedicarse a esta vida de abnegación y dependencia de Dios, el amante Salvador les mostró que el Dios del cielo y de la tierra podría proveerles abundantemente para cubrir todas sus necesidades.

“Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron”. Desde ese momento estuvieron constantemente con Jesús. Los hombres sabios, talentosos y educados, que estaban acostumbrados a recibir los honores y homenajes como dirigentes del pueblo, no estuvieron dispuestos a unirse al Gran Maestro. Su orgullo y supuesta superioridad no podía adaptarse a simpatizar con la sufriente humanidad y llegar a ser colaboradores del humilde Hombre de Nazaret. Era más fácil entrenar y educar a estos humildes pescadores para la sagrada obra a la que se los llamaba, porque estaban dispuestos a ser enseñados: enseñados a subyugar el yo, enseñados en los principios correctos y en la doctrina verdadera.

Pedro, Andrés, Jacobo y Juan fueron, desde entonces, conocidos como discípulos de Jesús. Le acompañaban a Jerusalén y estaban con él mientras predicaba en las ciudades y villas de Judea, y en Samaria cuando retornaba a Galilea. Escuchaban sus enseñanzas y eran testigos de su divino poder exhibido en los milagros que realizaba. Día tras día se incrementaba su fe en que este humilde galileo era en verdad el Mesías prometido, Aquel que restauraría el reino a Israel.

Aunque estos discípulos habían acompañado a Jesús mientras predicaba, y se asociaban con él en sus jornadas, todavía seguían realizando su humilde trabajo de pescadores. Pero llegó el momento en que debían abandonar sus redes y sus barcas y asociarse más completamente con Jesús. Tan grande era el gentío que se reunía alrededor del lago, que la gente “se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios”. Por eso se subió a la barca de Pedro para enseñar a todos los que estaban en la orilla. Finalizada la predicación le dijo a Pedro: “Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar”. Pedro le respondió que habían trabajado toda la noche sin resultados; durante el tiempo que era normal pescar no habían obtenido nada. Humanamente hablando, no había probabilidades de obtener algo ahora. Sin embargo -dijo Pedro- “en tu palabra echaré la red”. El resultado fue tan grande que las redes no podían contenerlo, y fue necesario que Jacobo y Juan se apresuraran a ayudarles (Signs of the Times, 8 de enero, 1885).
Estos humildes pescadores obedecieron el llamado de Jesús y dejaron todo para seguirle. Algunos podrían pensar que no fue difícil para ellos hacer esta decisión siendo que su negocio no era importante ni lucrativo, pero debe recordarse que eran propietarios de barcas y redes y obtenían lo suficiente para vivir. Por otra parte, la vida marítima tenía sus atracciones y fue un gran sacrificio para ellos dejar aquello a lo que habían dedicado sus vidas (Review and Herald, 21 de marzo, 1878).

Miércoles 16 de enero
El llamamiento de Leví Mateo

Entre los funcionarios romanos que había en Palestina, los más odiados eran los publicanos. El hecho de que las contribuciones eran impuestas por una potencia extraña era motivo de continua irritación para los judíos, pues les recordaba que su independencia había desaparecido. Y los cobradores de impuestos… cometiendo extorsiones por su propia cuenta, se enriquecían a expensas del pueblo. Un judío que aceptaba este cargo de mano de los romanos era considerado como traidor a la honra de su nación. Se le despreciaba como apóstata, se le clasificaba con los más viles de la sociedad.

A esta clase pertenecía Leví Mateo, quien, después de los cuatro de discípulos de Genesaret, fue el siguiente en ser llamado al servicio de Cristo. Los fariseos habían juzgado a Mateo según su empleo, pero Jesús vio en este hombre un corazón dispuesto a recibir la verdad. Mateo había escuchado la enseñanza del Salvador. En la medida en que el convincente Espíritu de Dios le revelaba su pecaminosidad, anhelaba pedir ayuda a Cristo; pero estaba acostumbrado al carácter exclusivo de los rabinos, y no había creído que este gran Maestro se fijaría en él.

Sentado en su garita de peaje un día, el publicano vio a Jesús que se acercaba. Grande fue su asombro al oírle decir: “Sígueme”, Mateo, “dejadas todas las cosas, levantándose, le siguió”. No vaciló ni dudó, ni recordó el negocio lucrativo que iba a cambiar por la pobreza y las penurias. Le bastaba estar con Jesús, poder escuchar sus palabras y unirse con él en su obra…

A Mateo en su riqueza, y a Andrés y Pedro en su pobreza, llegó la misma prueba y cada uno hizo la misma consagración. En el momento del éxito, cuando las redes estaban llenas de peces y era más fuertes los impulsos de la vida antigua, Jesús pidió a los discípulos, a orillas del mar, que lo dejasen todo para dedicarse a la obra del evangelio. Así también es probada cada alma para ver si el deseo de los bienes temporales prima sobre el de la comunión con Cristo (Conflicto y valor, p. 283).

Mateo, humildemente agradecido, deseó demostrar su aprecio por el honor que había recibido, e invitando a los que habían sido sus compañeros de negocios, placer y pecado, preparó una gran fiesta para el Salvador. Si Jesús estuvo dispuesto a llamarlo a él, que era tan pecador e indigno, con seguridad aceptaría a sus antiguos compañeros que, según creía Mateo, eran mucho más dignos que él. Mateo tenía el gran anhelo de que compartieran los beneficios de las misericordias y la gracia de Cristo. Deseaba que supieran que Cristo -a diferencia de los escribas y fariseos- no despreciaba ni odiaba a los publicanos y pecadores. Quería que conocieran a Cristo como el bendito Salvador.

El Salvador ocupó en la fiesta el punto más honroso. Ahora Mateo era el siervo de Cristo, y deseaba que sus amigos supieran la forma en que él consideraba a su Guía y Maestro. Anhelaba que supieran que se sentía altamente honrado al hospedar a un huésped tan regio.
Jesús nunca rechazó una invitación a una fiesta tal. El propósito que siempre estaba delante de él era sembrar en los corazones de sus oyentes las semillas de la verdad mediante su encantadora conversación que le ganaba los corazones. En cada uno de sus actos Cristo tenía un propósito, y la lección que dio en esta ocasión fue oportuna y apropiada. Por medio de ese acto declaró que ni aun los publicanos y pecadores estaban excluidos de su presencia. Éstos ahora podían testificar que Cristo los honraba con su presencia y conversaba con ellos (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p. 1094).

Jueves 17 de enero
El llamamiento

La fe consiste en confiar en Dios, en creer que nos ama y sabe lo que es mejor para nuestro bien. Así, en vez de nuestro camino, nos induce a preferir el suyo. En vez de nuestra ignorancia, acepta su sabiduría; en vez de nuestra debilidad, su fuerza; en vez de nuestro pecado, su justicia. Nuestra vida, nosotros mismos, somos ya suyos; la fe reconoce su derecho de posesión, y acepta su bendición. Se indican la verdad, la integridad y la pureza como secretos del éxito de la vida. La fe es la que nos pone en posesión de estas virtudes. Todo buen impulso o aspiración provienen de Dios; la fe recibe de Dios la vida que es lo único que puede producir crecimiento y eficiencia verdaderos (La fe por la cual vivo, p. 92).

La fe se aferra a las promesas de Dios, y produce fruto en obediencia. La presunción se atiene también a las promesas, pero las emplea como las empleó Satanás, para disculpar la trasgresión. La fe habría inducido a nuestro primeros padres a confiar en el amor de Dios y obedecer sus mandamientos. La presunción los indujo a violar su ley, creyendo que su gran amor los salvaría de las consecuencias de su pecado. No es fe la que pretende el favor del cielo sin cumplir con las condiciones en que se ha de otorgar la misericordia. La verdadera fe tiene su cimiento en las promesas y provisiones de las Escrituras (Obreros evangélicos, p. 274).

No podemos sobreestimar el valor de la fe sencilla y de la obediencia que no cuestiona. El carácter se perfecciona cuando se camina por la senda de la obediencia con fe sencilla. A Adán se le exigió una obediencia estricta a los mandamientos de Dios y a los que desean la salvación actualmente no se les puede presentar una norma inferior. El Señor dice: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré. Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir” (S. Juan 14:13-17). El mundo está confabulado contra la verdad, porque no desea obedecer la verdad. ¿Habría yo, quien percibo la verdad, de cerrar mis ojos y mi corazón a su poder salvador, porque el mundo elige la oscuridad en lugar de la luz? (Exaltad a Jesús, p. 133).

Viernes 18 de enero
Para Estudiar y Meditar

El Deseado de todas las gentes, pp. 106-117; 211-216; Comentario Bíblico Adventista, tomo 5, pp. 342, 721, 722; 887-889.

 

3 comentarios

  1. me parece perfecto la enceñanza dela iglesia adventista

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  2. me partece que es buena la enceñanza para la juventud

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  3. me gustaria pertenecer a la iglesia adventista

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