Comentario de la Leccion de Escuela sabatica (2009-1) Leccion 2


EL DON PROFÉTICO

“Y él les dijo: Oíd ahora mis palabras. Cuando haya entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él” (Núm. 12:6)

INTRODUCCION

En las Escrituras, las personas a quienes Dios entregó el don de profecía fueron personas que caminaron con Dios. Y en ese contexto Dios podía usarlos de una manera especial.

I. EL PROFETA

a. Etimología

i. “Profeta”

Del (heb. nâbî’, “llamado [por Dios]” o “quien tiene una vocación [de Dios]”; probablemente del ac. nabû , “llamar”; aram. nebî’; gr. profet’s).

Alguien que primero recibía instrucciones de Dios y luego las transmitía a la gente.  Estos 2 aspectos de su obra se reflejaban en los nombres con que se los conocía: vidente (jôzeh o rô’eh) y profeta (nâbî’).  El 1º fue más común en el período temprano de la historia hebrea  (1 S. 9:9).  El término que se usa con mayor frecuencia es nâbî’, pues lo designa como vocero de Dios.  Como “vidente” discernía la voluntad de Dios, y como “profeta” la trasmitía a otros. En ocasiones, también eran intermediarios entre Dios y la gente. Abraham, en Génesis 20, fue el intermediario entre Dios y Abimelec: debió orar a Dios en favor de Abimelec. Abraham es una figura destacada en el A.T.

“El Señor escogió a Abrahán para que cumpliera su voluntad. Se le indicó que abandonara su nación idólatra y se separara de sus familiares. Dios se le había revelado en su juventud y le había dado entendimiento preservándolo de la idolatría. Había planeado hacer de él un ejemplo de fe y verdadera devoción para su pueblo que más tarde viviera sobre la tierra. Su carácter se destacaba por su integridad, su generosidad y su hospitalidad. Imponía respeto puesto que era un poderoso príncipe de su pueblo. Su reverencia y amor a Dios y su estricta obediencia a su voluntad le ganaron el reconocimiento de sus siervos y vecinos…” (La historia de la redención, p.77)

ii. “Patriarca”

(gr. patriárj’s, “primero [más destacado] de los padres”; pater, “padre”).

Padre o jefe de una tribu o familia.  Los patriarcas que se mencionan en las Escrituras fueron los fundadores de la raza y la religión judías.  El término se aplica a Abrahán (He. 7:4), los 12 hijos de Jacob (Hch. 7:8, 9) y a David (Hch. 2:29).  Los jefes de las familias anteriores al tiempo de Moisés, especialmente la línea de hombres piadosos que se da en Gn. 5, son señalados con frecuencia con ese título, aunque no en la Biblia.  En un patriarcado, el derecho de gobernar residía primero en el fundador de la raza o tribu y, en generaciones sucesivas, en el primogénito.* Durante la dispensación patriarcal y antes del establecimiento de la teocracia, la cabeza de cada familia no sólo gobernaba su clan sino que también actuaba como su sacerdote

Tanto Abrahán (Gn. 20:7) como Moisés (Dt. 18:15) fueron llamados profetas. Durante el período de los jueces el oficio profético languideció, y “la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había visión con frecuencia” (1 Samuel 3:1)

La primera persona de la nación de Israel en ser llamada un profeta fue Moisés. Con respecto a su muerte, se hizo la declaración: “Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara” (Deut. 34:10).

b. Profetisas

“María”

“Y María la profetisa, hermana de Aarón… (Exodo 15:20)

(heb. Miryâm y aram. Maryâm [1, 2], “fuerte” o “rebelión”; quizás una adaptación heb. del egip.  Mryt, “la amada”; más tarde este nombre llegó a ser común y se encuentra, en su forma gr., como el nombre de varias mujeres del NT; gr. María y Mariám

María es la primera mujer a quien la Biblia honra con este título. Otras aparecieron de cuando en cuando a través de la historia del pueblo de Dios (ver Juec, 4: 4; 2 Rey. 22: 14; Isa.  8: 3; Luc. 2: 36).  María no es llamada profetisa aquí mayormente por ser inspiradas las palabras que cantó sino más bien en reconocimiento de su papel en el éxodo, superado sólo por los de Moisés y Aarón (PP 401).  Específicamente alegó poseer el don profético (Núm. 12: 2), siendo que Dios había hablado mediante ella.  El profeta Miqueas afirma que el Señor libró a Israel de Egipto por medio de Moisés, Aarón y María (Miq. 6: 4).  La tarea de ella puede haber sido comunicar al pueblo mensajes por los cuales se mantuvo viva la esperanza de liberación durante los oscuros años de opresión.  Ella puede haber enseñado, amonestado y reprochado al pueblo.  Pero a orillas del mar Rojo aparece como una inspirada mujer, con talento para el canto y la música.  En ese tiempo debe haber tenido más de 90 años (Exo. 2: 4; 7: 7).

“Débora”

“Gobernaba en aquel tiempo a Israel una mujer, Débora, profetisa…” (Jueces 4:4)

(heb. Debôrâh, “abeja” o “avispa”). Profetisa que juzgo a Israel en un lugar llamado “la palmera de Débora”, en la zona montañosa de Efraín entre Rama y Betel (Jue. 4:5).  Después de la larga opresión del rey de Hazor, Débora llamó a Barac y le encomendó la misión de liberar a Israel del yugo extranjero. Acompañó al ejército a la batalla y más tarde, con Barac, compuso un himno de victoria (Jue. 4:4-10; 5:1-31).  Por lo general, este “Canto de Débora”, un magnífico poema hebreo, es considerado uno de los ejemplos más antiguos de la literatura poética israelita.  En su estructura muestra un estrecho paralelismo con los antiguos textos poéticos cananeos de Ugarit.

“Hulda”

“Entonces fueron el sacerdote Hilcías, y Ahicam, Acbor, Safán y Asaías, a la profetisa Hulda…” (2Reyes 22:14)

(heb. Juldâh, “topo” o “comadreja”). Profetisa de renombre que vivía en la 2a sección de Jerusalén durante el reinado de Josías.  Era la esposa de Salum, guarda del guardarropa sacerdotal o real.  El rey Josías buscó su consejo después que se encontró el libro de la Ley en el templo.  Ella le dijo que Jerusalén sería destruida, pero que por causa de su vida     piadosa eso no ocurriría en sus días (2 R. 22:14-20; 2 Cr. 34:22-28).

II. SU OBRA

Los profetas, desde Josué hasta Malaquías no liberaron a su pueblo del poder de gobernantes terrenales, sino lucharon para librarlo del poder del pecado.

a. Representante del pueblo ante Dios (portavoz)

El profeta, en un sentido especial, era el representante oficial de Dios entre su pueblo sobre la tierra.  Mientras el oficio sacerdotal era hereditario, la designación de un profeta provenía del llamado divino.  El sacerdote, como mediador en el sistema de sacrificios, conducía a Israel en la adoración, aunque sus deberes secundarios incluían dedicar una parte de su tiempo a instruir al pueblo acerca de la voluntad de Dios como ya había sido revelada por los profetas, Moisés en particular.

b. Instrucción religiosa

Era tarea primordial del profeta.  El sacerdote se ocupaba mayormente de la ceremonia y los ritos del santuario (que se centraban en la adoración pública), en la mediación para el perdón de los pecados, y en el mantenimiento ritual de las relaciones correctas entre Dios y su pueblo.  El profeta era principalmente un maestro de justicia, de espiritualidad y de conducta ética, un reformador moral con mensajes de instrucción, consejo, amonestación y advertencia.

c. Predicción de eventos futuros

A menudo incluía la predicción de eventos. En el caso de Moisés, uno de los mayores profetas (Dt. 18:15), la profecía fue una función comparativamente menor. En un sentido más amplio del vocablo, profetas hubo desde los primeros días del mundo.

d. Intercesión

Intercedía con Dios por la Nación (Éxodo 32:11-13; Núm. 14:13-19; 16:46-50)

III. CLASIFICACIÓN

El llamado de Samuel hacia el final de ese período fue trascendental.  Fue el 1er “profeta” en el sentido más estricto  de la palabra, y se lo puede considerar como fundador del oficio profético; iba de lugar en lugar como maestro de Israel (10:10-13; cf 7:16, 17).  Después de él y hasta el fin del tiempo del AT, diversos hombres escogidos hablaron a la nación en nombre de Dios, interpretando el pasado y el presente, exhortando a la justicia, y siempre dirigiendo su vista al futuro glorioso que Dios les había señalado como pueblo.  Samuel habría fundado lo que  se conoce como “las escuelas de los profetas”.  Los jóvenes que recibían su educación en estas escuelas (19:20) eran conocidos como los “hijos de los profetas” (2 R. 2:3-5).  La 1ª de tales escuelas que se mencionan estuvo en Ramá (1 S. 19:18, 20), la sede de Samuel  (7:17). Los hijos de los profetas no eran necesariamente recipientes directos del don profético, pero eran divinamente llamados, como  los ministros evangélicos de hoy, para instruir a la gente acerca de la voluntad y los caminos de Dios.  Estas escuelas proveyeron el adiestramiento mental y espiritual a jóvenes seleccionados que serían los maestros y dirigentes de la nación.

Después de Samuel, en tiempos del reino unido de Judá e Israel, surgieron hombres como Natán el profeta, Gad el vidente (1 Cr. 29:29) y Ahías (2 Cr. 9:29).  Luego, bajo la monarquía dividida, hubo muchos profetas.  Algunos (Oseas, Isaías, etc.) fueron autores de libros preservados en el canon sagrado; otros (Natán, Gad, Semaías, lddo, etc.) también escribieron, pero no se conservaron sus escritos. Algunos de los mayores profetas, como Elías y Eliseo, no escribieron sus discursos proféticos, y por lo tanto a veces se los llama “profetas orales”.

a. Cronológicamente

i. Profetas anteriores

En el canon hebreo, las 4 grandes obras históricas de Josué, Jueces, Samuel y Reyes reciben el nombre de Profetas Anteriores, porque se sostenía que sus autores fueron profetas.  Aunque de naturaleza mayormente histórica, estos libros muestran el propósito de sus autores de conservar un registro del trato de Dios con Israel como una lección objetiva para su propia generación y las posteriores.

ii. Profetas posteriores

Isaías, Jeremías, Ezequiel y “los Doce” -desde Oseas hasta Malaquías- son llamados Profetas Posteriores. Bajo el reino dividido, los profetas Oseas, Amós y Jonás trabajaron mayormente para Israel, el reino del norte; el resto, especialmente para Judá, el reino del sur, aunque algunos de éstos también incluyeron al reino del norte en sus mensajes.

1. Profetas del s VIII a.C.

Incluye a Jonás, Amós, Oseas, Miqueas e Isaías, aproximadamente en ese orden.  El s VIII fue testigo del surgimiento de Asiria, y antes de finalizar este período la nación llevó cautivas a las 10 tribus del reino del norte, con lo que la nación desapareció.  En por lo menos 2 ocasiones también Judá estuvo a punto de ser destruido por los asirios.  El papel principal de los profetas del s VIII habría sido, primero, evitar, si era posible, la cautividad del reino del norte llamando a su pueblo a volverse al servicio y a la adoración del verdadero Dios, pero también -particularmente en el caso de Isaías- sostener al reino del sur durante este tiempo de gran crisis nacional.

2. Profetas del s VII a.C.

Este siglo fue testigo del apogeo de Asiria, pero antes de terminar la centuria había desaparecido del escenario de acción y el Imperio Caldeo o Neobabilónico había ocupado su lugar.  Durante los años de decadencia de Asiria y de surgimiento de los caldeos, Dios envió a varios profetas para llamar al pueblo de Judá a una reforma completa que impidiera la inminente cautividad babilónica.  Entre esos profetas estaban Nahum, Habacuc, Sofonías, Jeremías y, tal vez, Joel.

3. Profetas del periodo del cautiverio babilónico.

Estos fueron Jeremías, Ezequiel, Daniel y, quizás, Abdías.  La meta principal de los mensajes de este período fue ayudar a Judá a comprender el propósito que Dios tenía al permitir el cautiverio, inspirar esperanza en una restauración, y elevar los ojos de los judíos a la gloriosa oportunidad que los esperaba al regresar de la cautividad si eran fieles a Dios. Jeremías entregó sus mensajes a los habitantes de Jerusalén y Judá antes y durante el comienzo del cautiverio, y Ezequiel ministró a los exiliados en Babilonia, Daniel fue enviado a la corte de Nabucodonosor.

4. Profetas postexílicos

Hageo, Zacarías y Malaquías.  Los 2 primeros animaron al pueblo a levantarse y construir el templo; Zacarías recibió una serie de visiones apocalípticas que describían el glorioso futuro que aguardaba a Israel durante la era de la restauración si eran fieles a Dios (Zac. 6:15).  Como un siglo después de Zacarías vino Malaquías y, con él, el fin del canon profético del AT.

Aunque el libro de Daniel contiene algunos de los mensajes proféticos más importantes que encontramos en las Escrituras, el pueblo hebreo no lo incluyó en la sección profética del canon.  En vista de que se incluyen obras históricas como Josué, Jueces, Samuel y Reyes en la sección profética, es evidente que el contenido no fue el factor principal que determinó su clasificación dentro de los escritos canónicos sino el oficio de su escritor.  Así, Daniel sirvió principalmente como hombre de estado en la corte de Nabucodonosor, y aunque recibió algunas de las mayores visiones de todos los tiempos, no fue considerado un profeta en el mismo sentido que Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas o los otros, cuyas vidas se dedicaron exclusivamente al oficio profético; no obstante, Cristo lo llamó profeta (Mt. 24:15).

b. Por volumen de libro

i. Profetas menores

La frase “Profetas Menores” (Oseas hasta Malaquías): se los llama así sólo porque sus libros son comparativamente breves.

ii. Profetas Mayores

Son aquellos designados desde Isaías hasta Daniel

IV. INTERACCION DEL PROFETA EN EL CRISTIANISMO

En el amanecer de los tiempos del NT, el don de profecía fue reactivado con las declaraciones inspiradas de Elisabet (Lc. 1:41-45), y de Simeón y Ana (2:25-38).  Unos pocos años más tarde vino Juan el Bautista en el papel de Elías (Lc. 1:17).  Cristo declaró que Juan fue profeta “y más que profeta” (Mt. 11:9, 10).  Pablo estimó el don profético como una de las gracias del Espíritu (1 Co. 12:10), y declaró que era uno de los mayores dones (14:1, 5).  Como en los tiempos del AT, el don profético no necesariamente implicaba la predicción de acontecimientos futuros, aunque este aspecto de la profecía pudiera estar incluido, sino que consistió mayormente en la exhortación y la edificación (vs 3, 4).

a. “Juan el Bautista”

Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos” (Lucas 1:76)

(gr. IÇánn’s, “gracia [don] de Dios”; probablemente del heb. Yôjânân o Yehôjânân “Yahweh es bondadoso [benigno]”; variante gr. es IÇnás, Jonás). Juan el Bautista, el precursor de Jesucristo e hijo de Zacarías -sacerdote de la “clase de Abías”- y de Elisabet (Lc. 1:5).  Mientras Zacarías estaba cumpliendo sus funciones sacerdotales de quemar incienso en el templo, Gabriel lo informó del nacimiento de un hijo y le dio instrucciones de llamar su nombre Juan y criarlo como nazareo.  Los vecinos y parientes supusieron que el niño se llamaría Zacarías, pero Elisabet, siguiendo las instrucciones del ángel (v 13), insistió en el nombre Juan.  Cuando Zacarías fue consultado por señas, escribió en una tableta que el nombre debía ser Juan; en ese momento recuperó el habla.  Estos sucesos extraños asombraron a la gente de la región, de modo que se preguntaban qué clase de niño sería el que nació (vs 57-66).  Su padre, lleno del Espíritu Santo, profetizó que su hijo sería llamado “profeta del Altísimo” y que iría “delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos” (vs 67-79).

b. “Profetas y maestros”

“Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros…” (Hechos 13:1)

Esta es la primera vez que se mencionan en la administración de la iglesia personas que poseían dones espirituales específicos.  No se da ninguna indicación concreta en cuanto a la organización formal de la iglesia de Antioquía, aunque sin duda existía.  En todo caso, es claro que hombres dotados del Espíritu trabajaban en forma activa.

En el NT se habla de tales hombres como si constituyeran un grupo reconocido, aunque no aparecen organizados oficialmente.  Se reconocía a una persona como miembro de este grupo, no sólo porque era espiritual o piadosa (Gál. 6: 1), sino porque demostraba que poseía un don del Espíritu Santo en acción.  Más tarde, en la literatura cristiana del siglo II, estas personas aparecen como pneumatikói, “espirituales”.  Finalmente desaparecieron, injustamente desacreditadas por la aparición de “falsos profetas” (1 Juan 4: 1) y por la presión de los dirigentes elegidos, los ancianos u obispos

c. “Apóstoles y profetas”

“Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:20)

Puede considerarse esta frase como en aposición con “fundamento”. De esta manera la frase sería: “el fundamento, el cual es los apóstoles y profetas”.

Algunos limitan aquí los alcances del término “profetas” a los profetas del NT (Efe. 3: 5; 4: 11; cf. 1 Cor. 12: 10). Otros consideran que también se incluye a los profetas del AT, pues ellos en realidad establecieron el fundamento de la obra del Mesías. Los profetas, a quienes Dios reveló las riquezas de su gracia, y los apóstoles, los heraldos especiales de dicha gracia, constituyen el fundamento. Otros cristianos constituyen la estructura del edificio. Este pasaje no dice que la iglesia debía fundarse sobre un apóstol, como Pedro, sino sobre todos los apóstoles, con Cristo como Piedra principal y angular.

Los apóstoles eran aquellos que tenía autoridad especial del Salvador resucitado; habían visto por sí mismos su muerte y su resurrección, algo que todos los profetas anteriores no habían visto. Algunos de los apóstoles, tales como Juan y Pablo, también fueron profetas, pero no todos los apóstoles fueron profetas.

CONCLUSION

A lo largo de toda la historia, Dios usó a personas comunes, en diversas circunstancias, para hablar en nombre de él. Estos profetas han fortalecido, corregido, guiado y animado al pueblo de Dios en su viaje hacia la Tierra Prometida, donde un día hablaremos cara a cara con Dios otra vez.

Alfredo Padilla Chávez

Pastor IASD Puente Piedra “A”

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Una respuesta

  1. clasificacion de los evangelios mateo, marcos, lucar en un solo

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