Comentario de la Leccion (Leccion 1)


Libro Complementario
Ideas prácticas para el discipulado

Bertram L. Melbourne

Capítulo 1

Qué es el discipulado

E1 escritor Ernest H. Jeffs menciona apropiadamente lo que incluye el discipulado:

Hay una manera segura de mantenerse sin preocupación y sin alarma; una manera segura de mantener a los hombres y las mujeres de opiniones teológicas ampliamente diferentes unidos en el compañerismo de Cristo; una manera segura de juzgar si un predicador es desleal o no a sus votos de ordenación; una manera segura de combinar la mente iluminada con el corazón cálido, y de cambiar las frases de la religión sin abandonar un solo grano de paz, y consuelo y gozo de la religión. Es concentrarse todo el tiempo en la palabra discipulado. Es creer que todas las diferentes formas del cristianismo son variantes más o menos importantes del cristianis­mo, que significa sencillamente seguir a Cristo.

“Qué forma de cristianismo, ya sea la del erudito y el científi­co […] o las del predicador local iletrado, no comienza ni termina realmente con seguir a Cristo: lo que significa tratar de vivir en el camino cristiano de la vida es el retrato auténtico que tenemos de la naturaleza y la voluntad de Dios”.  

Hoy, los cristianos encuentran muchos artículos acerca del dis­cipulado. Podemos escuchar muchas discusiones sobre la palabra discípulo y el concepto del discipulado cristiano. No obstante, no todos lo que escriben o hablan sobre el tema son expertos. Ni tam­poco todos los que oyen o leen acerca del discipulado comprenden plenamente el concepto, su importancia o sus implicaciones. En consecuencia, muchas preguntas siguen sin respuesta sobre quiénes son los discípulos, qué quiere realmente decir ser un discípulo y qué está involucrado en el discipulado.

¿Qué es el discipulado?
El discipulado es más que un concepto; es una manera de vivir. Para los cristianos, es una relación con Jesús -el Maestro- cuyo llamado crea discípulos que se comprometen con la tarea del disci­pulado.

Aunque el concepto de discipulado proviene de las Escrituras, no encontramos en ellas ninguna palabra con ese significado. La palabra discipulado no es bíblica. ¿De dónde viene esta palabra y cuál es su significado?

Un diccionario enciclopédico define el discipulado ya sea como “la posición de un discípulo” o “la duración de ser un discípulo”.  Longenecker declara: “El discipulado ha sido, durante siglos, una manera de pensar y de hablar acerca de la naturaleza de la vida cristiana”. Es esto y mucho más.

Los discípulos cristianos imitan a su Maestro, Jesús, en todos los aspectos de su vida diaria.

El discipulado tiene dimensiones tanto históricas como perso­nales. Históricamente, se refiere al encuentro entre un maestro y un alumno. En el contexto cristiano, eso significa la interacción entre Cristo, el gran Maestro, y sus primeros seguidores. Se refiere a la experiencia de aquellos que fueron elegidos para una afiliación ín­tima y especial con el Rabí de Nazaret, Jesucristo, el Hijo de Dios.

En el ámbito personal, el discipulado se refiere al encuentro que ocurre entre Cristo, la persona transformada, el mundo, los desafíos que el compromiso trae consigo, una experiencia cristiana, y la vida de fe que resulta de ello. El discipulado no solo involucra lo que un cristiano hace en favor de Cristo sino también de qué modo el discípulo representa a Cristo en el mundo. En este punto los aspectos del discipulado pueden tocarse: el discipulado moderno puede ser enriquecido y profundizado por las percepciones ofreci­das por los discípulos históricos con el Maestro, como lo presentan las Escrituras.

Hechos 9:1 y 2 arroja luz sobre nuestra búsqueda para definir el discipulado. Dice que Saulo de Tarso perseguía a los discípulos del Señor. Esto confirma que los discípulos pertenecen al Señor. Este texto también dice que los perseguidos pertenecían al “Camino”, es decir, a la comunidad de los creyentes que seguían a Jesús por el sendero que él bosquejó. Otros textos sugieren que el término pudo haber sido una autodesignación que denotaba el primitivo camino de la vida de los cristianos, incluyendo la aceptación del Reino de la gracia y la pasión por él, y la persona transformada y la obra que produjo Jesús de Nazaret (ver, por ejemplo: Hechos 9:9, 23; 22:4; 24:14, 22). El autor David W. Pao alega que mientras que la terminología de “el Camino” aparece en Hechos como una designación para el movimiento cristiano primitivo, su uso está basado en Isaías 40 y señala la identidad del “‘verdadero pueblo de Dios […]. La termi­nología del camino es, por lo tanto, usada para establecer a la iglesia como la verdadera heredera de las antiguas tradiciones de Israel”.  

Esto subraya el hecho de que hay una distinción entre los segui­dores de Jesús: No todo el que lo acepta a él entra en el discipulado. Por eso, hay una diferencia entre feligresía y discipulado. Aunque la primera implica la aceptación de las enseñanzas de Jesús, el segun­do implica un compromiso con sus enseñanzas: un compromiso no solamente de seguir sus enseñanzas sino también de hacerlas normativas para la vida de la persona y de compartirlas con otros. Esto confirma la idea de que el discipulado involucra el seguir a Jesús. Pero ¿quién es un discípulo?

¿Quién es un discípulo?
Hay dos palabras, en el griego original del Nuevo Testamento, que son las palabras primarias detrás de la palabra castellana discí­pulo. La primera es mathetés, que significa “aprendedor”, “discípulo”, “aprendiz” o “adherente”. Esta palabra se deriva del verbo matha-nein, que significa “aprender”. Describe a una persona cuya mente tiene un propósito fijo. En el Nuevo Testamento, y especialmente en los evangelios, se la usa mayormente con respecto a los discí­pulos de Jesús. El escritor Philip Schuler afirma que denota “un aprendiz, o alumno, apegado a un maestro o un movimiento, uno quien es leal a la instrucción y los compromisos con el maestro o el movimiento”.  

La segunda palabra griega vinculada con discípulo es el verbo akolouthein. Implica “ir detrás”, “acompañar” e “ir junto a”. En su contexto secular, denota el acto de seguir a alguien o algo. Tanto en el uso clásico como en el del Nuevo Testamento, puede implicar “seguir a alguien como discípulo”. En este último sentido, es usado por los escritores de los evangelios para implicar el llamado al dis­cipulado que extendió Jesús a algunos de sus seguidores (por ejemplo: ver Mateo 9:9; Marcos 1:18; 2:14; Lucas 5:11). Otro autor, Weder, dice que se usa frecuentemente en el Nuevo Testamento como un término especializado para seguir a Jesús y “caracteriza la cualidad central de existencia como un discípulo”.  

De lo que antecede, podemos concluir que un discípulo es un alumno, o aprendedor; es como un aprendiz de un maestro, un profesor o un gurú, con el propósito de recibir instrucción. Los términos griegos también implican seguir a un maestro o un amo para llegar a ser un discípulo o un alumno de esa persona. No pue­de haber discípulo sin un maestro. En el Nuevo Testamento, y es­pecíficamente en los evangelios y los Hechos, el término discípulo se usa con referencia a los seguidores más íntimos de Jesús. Por eso, Weder dice que los discípulos son “las personas en el Nuevo Testamento que estuvieron en una relación especial e intensa con el Jesús terrenal”.  

No obstante, los discípulos contemporáneos no necesitan sen­tirse excluidos. En ocasión de la ascensión de Jesús, él comisionó a sus discípulos: “Id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19). En consecuencia, aun aquellos de nosotros que no nos en­contramos con Jesús mientras vivía sobre la tierra, podemos de he­cho ser sus discípulos, asumir la tarea del discipulado y ayudarlo en la realización de la comisión evangélica.

Un discípulo cristiano es un aprendiz de las instrucciones y los compromisos de Jesucristo, y cuya lealtad es hacia él, el Rabí de Nazaret.

¿Cómo se llega a ser un discípulo?
El discipulado involucra la disposición a seguir órdenes y a com­prometerse. Marcos 1:19 y 20 dice que para llegar a ser un discí­pulo hay que responder a un llamado emitido por Jesús. En todos los casos analizados en los evangelios, Jesús eligió a sus discípulos. Esto significa que uno no se hace un discípulo: la iniciativa resi­de en Jesús. Los discípulos responden a un llamado a entrar en una vida de compromiso con el Maestro, en la que ellos seguirán sus indicaciones, y escucharán y seguirán sus enseñanzas. Elena de White escribió: “Así fue como los primeros discípulos se hicieron semejantes a nuestro Salvador. Cuando ellos oyeron las palabras de Jesús, sintieron su necesidad de él. Lo buscaron, lo encontraron, lo siguieron. Estaban con él en la casa, a la mesa, en su retiro en el campo. Estaban con él como discípulos con un maestro, recibiendo diariamente de sus labios lecciones de santa verdad”.  

También debemos notar que aun la respuesta al llamado de Jesús no proviene totalmente de la persona llamada. Esto también involucra una iniciativa divina. Juan 6:44 registra que Jesús dijo: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere”. ¿Está usted de acuerdo con esto? Esta, en realidad, es una obra de la gracia. Dios proporciona los medios de salvación, él extiende el llamado, él atrae nuestra aceptación por medio del Espíritu Santo.

La tarea del discipulado es un compromiso de 24 horas, los 7 días de la semana, en el hogar, en el lugar de trabajo y en la iglesia.

Piensa en esto: Dos hombres estaban junto al mar, pescando para ganarse la vida, cuando un Hombre se acercó a ellos y les dijo: “Seguidme”. Increíblemente, ellos dejaron todo y lo siguieron. ¿Habría hecho usted lo mismo? En su esencia, el discipulado invo­lucra comprometerse. Esto fue lo que hizo que esos hombres deja­ran todo lo que tenían y siguieran a un Maestro nuevo, no probado, desconocido.

Esta experiencia revela otro ingrediente importante del disci­pulado: la disposición a seguir al Maestro. Los discípulos de Jesús no solo deben estar dispuestos a seguir a la persona de Jesús sino también sus instrucciones, su misión y sus requerimientos. Los pri­meros discípulos dejaron todo -su forma de ganar la vida, su comu­nidad, el hogar, los padres, las familias, los cónyuges- y siguieron a Jesús.

Si el discipulado es, como hemos visto, un llamado a seguir y un llamado a comprometerse, entonces la obediencia es un ingre­diente indispensable del discipulado. Para responder al llamado a seguirlo y al compromiso requerido, debemos ser obedientes. Jesús les dijo a los discípulos: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Este es un llamado explícito a la obediencia. Elena de White define la obediencia como “el servicio y la lealtad de amor”.  Ella dice que es “la verdadera prueba del discipulado”.  

Jesús también dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Marcos 8:34; comparar con Lucas 9:23). Esto significa que el discipulado requiere abnegación, especialmente cuando uno considera que el orgullo no solamente fue la raíz del primer pecado en el cielo y en la tierra, sino también es la raíz de todo pecado. Además, la esencia del pecado es vivir una vida dirigida por uno mismo y centrada en uno mismo. De este modo, si el discipulado involucra una clara separación con el pasa­do, entonces la negación propia debe ser un aspecto importante de dejar atrás el pasado.

Otro requerimiento del discipulado es el amor. Antes de su cru­cifixión, Jesús les dijo a sus discípulos: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado” (Juan 15:12). Otra vez, él les dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discí­pulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). Elena de White añade que el amor que se sacrifica a sí mismo debería saturar a los cristianos. “Todos los que sean dotados de su Espíritu amarán como él amó. El mismo principio que animó a Cristo los animará en todo su trato mutuo. Este amor es la evidencia de su discipulado”.  

Hemos visto, entonces, que el discipulado trata con una realidad que reside en el corazón mismo del pensamiento, la vida y el ministerio cristianos. Involucra un compromiso, pues los discípulos son llamados a estar con su Maestro y a imitarlo. Son aprendices cuya tarea es aprender, seguir, ser influenciados por el Maestro, llegar a ser como él y, no obstante, nunca tratar de excederlo. Recuerden, un discípulo no puede ser mayor que su Señor. Los verdaderos discí­pulos ayudan a hacer otros discípulos, de modo que el Reino pueda crecer y su misión en el mundo, señalada por Dios, pueda cumplir­se. El llamado se está escuchando hoy así como lo fue hace dos mil años. ¿Lo ha escuchado usted, y está usted dispuesto a aceptarlo y a obedecer sus requerimientos?

El mayor obstáculo para el discipulado es el yo en todos sus aspectos.

¿Cuándo llega uno a ser un discípulo?
El cuándo del discipulado es una pregunta que intriga. No obs­tante, tenemos que admitir que no se puede fijar un límite para el discipulado, ya que no es una experiencia generada por el ser hu­mano. El discipulado comienza cuando uno recibe un llamado del Maestro, acepta el llamado, y compromete su vida con el camino del discipulado y con la tarea que demanda.

Nadie puede predecir precisamente cuándo, en una experiencia cristiana, comienza el discipulado, porque la feligresía y el discipu­lado son cosas diferentes. Además, el llamado al discipulado viene de Dios y es administrado por el Espíritu, y Dios deja lugar para las diferencias individuales. Esta idea es confirmada y reforzada por lo que Jesús le dijo a Nicodemo: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8).

Las palabras de Jesús quieren decir que el discipulado comienza para los miembros de la iglesia de Dios cuando reciben el llamado a un plano superior de vida y un compromiso más profundo con el Maestro, y responden a él en forma positiva. Todos estamos en el camino cristiano, pero no todos nosotros hacemos el compromiso total de vida, con Cristo, al mismo tiempo. Para algunos de no­sotros, alguien debe morir antes de que veamos al Señor, como le ocurrió a Isaías (6:1). Otros han de ser enceguecidos para que pue­dan ver claramente, como fue el caso de Saulo de Tarso (Hechos 9:1-19). Para otros todavía, es necesario un segundo toque del Maestro, como fue en el caso del hombre ciego en Betsaida (Marcos 8:22-26). Y sí, algunos de nosotros respondemos al primer llamado y hace­mos el compromiso aun sin que se nos pida, como ocurrió junto al pozo de Sicar (Juan 4:5-30, 39, 40).

Lo importante acerca del discipulado no es cuándo ocurre sino que realmente suceda.

Lucas 6:40 da el resumen del discipulado. Dice: “El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfecciona­do, será como su maestro”. Este versículo trata aspectos básicos del discipulado. La esencia del discipulado es seguir al Maestro. Una comparación entre un discipulado secular y el discipulado cristiano se quiebra en este punto. En el discipulado ordinario, los estudian­tes procuran sobresalir y reemplazar a sus mentores y/o maestros, y hasta se los anima a hacerlo. Pero esto no es así con Jesús. El dis­cípulo no compite con Jesús ni puede sobrepasarlo. El es la norma para el discipulado, y podemos imitarlo, pero no podemos sobrepa­sarlo.
La esencia del discipulado involucra ser como Jesús. El compro­miso expresado por James Rowe es ejemplar y debería ser la oración de cada discípulo:
Los placeres terrenales en vano me llaman;
Quiero ser como Jesús.
Nada mundano me cautiva;
Quiero ser como Jesús.
Ser como Jesús es mi canto,
En el hogar y en la multitud;
¡Ser como Jesús todo el día!
Quiero ser como Jesús.

Para ser como el Maestro, los discípulos deben caminar diaria­mente en sus sandalias.

El porqué del discipulado
¿Por qué uno llega a ser un discípulo? En el mundo secular, uno llega a ser discípulo para poder aprender de un maestro y no solo llegar a ser un experto de un cierto cuerpo de instrucción, sino ser también capaz de perpetuarlo. Esto es lo que hicieron los discípu­los de los rabíes, de Sócrates y de Platón. El discipulado cristiano trasciende esto. Jesús, el gran Maestro, vino a la tierra, ejemplificó el discipulado y enseñó a sus discípulos. Luego, cuando regresó a su hogar arriba, él comprometió a la tarea del discipulado a sus segui­dores. El núcleo central de lo que pone al discipulado cristiano en un sitio aparte es que no solo él dio el ejemplo y entregó un cuerpo de enseñanza para ser perpetuado, sino también sacrificó su vida para la salvación de sus seguidores/discípulos.
De este modo, el discipulado cristiano es una respuesta amante al sacrificio de Jesucristo en nuestro favor. Cuando aceptamos a Jesús y llegamos a ser cristianos, comprometemos el resto de nues­tra vida a la tarea y a las obligaciones del discipulado, como un acto de devoción y un medio para dar lo mejor a aquel que pagó el sacrificio máximo para nuestra salvación, aquel que murió para que nosotros podamos vivir. El apóstol Pablo está en lo cierto cuando dice: “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:7, 8).
¿De qué modo responde una persona a esta clase de amor?
¡Se compromete con una vida de discipulado!

¿Cómo se hace esto?
Algunos cristianos son felices al reconocer a Jesús como su Salvador, ya que él murió por nosotros, pero encuentran difícil comprometerse con él como su Señor. El verdadero discipulado re­conoce el señorío de Cristo. Por cuanto él se sacrificó por nosotros, desea nuestro compromiso total: esto significa que nos sometemos a su reinado en nuestras vidas cada día. No somos nuestros. Él nos compró a un gran precio, con su vida. Por lo tanto, deberíamos comprometer nuestras vidas con él cada día y buscar su conducción. Sus manos son las manos más seguras: más seguras que las de cual­quier compañía de seguros. Por qué no decir, con F. E. Belden:
Quiero ser tuyo, querido Salvador,
Enséñame cómo, enséñame.
Quiero hacer tu voluntad, Señor,
Ayúdame, ayúdame hoy.
¿Qué es el placer mundanal, riqueza y fama,
sin ti, sin ti?
Los dejo atrás por tu amor,
Esa será mi riqueza.
Al dejar los gozos terrenales atrás,
Ven cerca de mí;
En tu presencia encuentro todo en todo,
Ese es mi consuelo aquí.
Tuyo soy, Señor, tuyo soy
Tuyo soy es mi voto.
Tuyo soy, Oh Señor, tuyo soy
Todo tuyo, Señor, ahora mismo.

A. Cordón Nasby, ed., Treasury of the Christian World (Nueva York: Harper & Brothers, 1953), p. 93.

Webster’s New Universal Unabrídged Dictionary (Nueva York: Barnes and Noble, 2003).

Richard N. Longenecker, ed., Patterns of Discipleship in the New Testament, p. 1.

David W. Pao, Acts and the Isaianic New Exodus (Grand Rapids: Baker Academic, 2000), pp. 60,61

Philip Schuler, in Harper’s Bible Dictionary, Society of Biblical Literature and Paul J., Achtemeier, eds. (Nueva York: HarperCollins, 1985), p. 222.

Walter Bauer, A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature, William F. Arndt y F. Wilbur Gingrich, trad. (Cambridge: The University Press, 1967), p. 30.

Ibíd.

The Anchor Bible Dictionary, David Noel Freedman, ed. (Nueva York: Doubleday, 1992), t.2,p.207

Ibíd.

Elena G. de White, El camino a Cristo (Buenos Aires: ACES, 1997), p. 72.

Ibíd., p. 60

Elena G. de White, El discurso maestro de Jesucristo (Buenos Aires: ACES, 1975), p. 123.: ACES, 1975), p. 123.            

White, El Deseado de todas las gentes (Mountain View, Calif.: Publicaciones Interamericanas, 1955), p. 632.

Una respuesta

  1. me gusta su foro my bonito me gustaria que
    pusieran predicasiones y como aprender a desarrollar
    un mensaje. que DIOS ,los bendiga.

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